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La peor pesadilla que puede vivir una familia: todo empezó con un extraño repartidor de comida

La peor pesadilla que puede vivir una familia: todo empezó con un extraño repartidor de comida

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Advertencia: aunque les cueste creerlo, todo lo que van a leer a continuación son hechos reales recogidos en expedientes policiales, jurídicos y entrevistas de prensa. Las imágenes de la familia incluidas en el artículo son de 2019.

 

Un buen día, una familia del Estado de Illinois recibió un pedido de comida rápida que no había solicitado. Era sólo el principio de un proceso que acabaría con su felicidad para siempre.

¿Qué tiene de malo que, como ocurrió en 2010, te llegue por equivocación un pedido de comida china? ¿O que, minutos después, le siguiesen un montón de pedidos de pizza? ¿Y si todo ello acabaría en una espiral de hechos terroríficos y con tu detención policial sin motivos? Todo esto era tan sólo del principio de una larga serie de tropelías que los cuatro miembros de la familia (Paul y Amy y sus dos hijos Jordan y Blair) iban a sufrir en su casa de Oswego, Chicago.

 

 

Una historia real que te pondrá los pelos de punta.

Días después de los 36 pedidos de comida entregados a casa, sus electrodomésticos empezaron a dejar de funcionar: un camión del ayuntamiento depositó tres toneladas de gravilla en la entrada de su casa cortando la instalación de luz y electricidad: constaba que era una vivienda vacía. En ese mismo instante, internet, los teléfonos fijos y móviles y la televisión por cable se quedaron sin señal alguna: sus contratos habían sido cancelados.

 

¿Qué estaba pasando?

Poco a poco, los ataques empezaron a subir en intensidad. Tras solucionar el tema de la electricidad, eran especialmente molestas aquellas llamadas telefónicas que recibían en su hogar a horas intempestivas y que amenazaban con quemar su casa. Llamadas anónimas que nunca pudieron saber su origen. Alarmas de incendios que saltaban solas en mitad de la noche y más “fenómenos extraños”.

 

La policía recibió una llamada falsa en la que el hijo, Blair, aseguraba haber matado a su madre después de haberse drogado.

 

En octubre de 2013, los policías llamaron a la puerta de la familia porque habían recibido una llamada con número oculto en el que, supuestamente, su hijo Blair confesaba llorando que había matado a su madre después de una ingesta de drogas (algo que, evidentemente, no había ocurrido).

Al año siguiente, un grupo de bomberos se presentó en casa de los Strater después de que alguien les avisase de un supuesto incendio en el interior de la casa. Pero los avisos no quedaban ahí: la policía se presentó tras la denuncia de unos supuestos vecinos que alertaban de un artefacto explosivo en el interior o de dos hombres negros violando a una mujer blanca.

Todo esto se hacía porque las bases de datos se manipulaban y cambiaban el nombre de los inquilinos, al igual que si fuese un domicilio alquilado.

La policía y bomberos llegaron a abrir más de 90 expedientes en menos de un año. Pero lo curioso es que nadie sabía quién estaba detrás ni por qué. Sus inquilinos eran una familia normal de clase media sin problemas anteriores con la justicia, ni sospechas de ningún tipo.

Entonces, ¿quiénes estaban detrás?

La guerra invisible

Tras muchas horas de reuniones y declaraciones, los Strater dieron con la clave y, a día de hoy, tienen muy claro quién es el causante de su situación (algo que repiten cada vez que un medio de comunicación se digna a escucharlos). El causante es Julius Kivimaki, el joven finlandés líder del grupo de ‘hackers’ Lizard Squad, responsable del ciberataque del día de Navidad de 2014 de los servidores de Sony y Microsoft.

 

Pero, ¿qué se le ha perdido a un informático finlandés con una familia de clase media que vivía en los suburbios de Chicago?

Al parecer, el hijo de la familia, Blair, había conocido a Kivimaki en un foro de internet.

El pequeño de los Strater tenía una doble vida con su propio historial de delitos cibernéticos, entre los que se encuentra ‘hackear’ la página web de su instituto (hecho que más tarde confesó). Su nombre también aparecía junto a los emails de estafa de Malaysia Airlines en enero de 2015 (aunque el joven lo negó todo y se cree que fue una manera de implicarle).

El origen de la disputa parece haber sido la expulsión de Kivimaki de un chat que el pequeño Blair moderaba.

El finlandés señala en su defensa que el pequeño de los Strater (que aún no era mayor de edad) había amenazado con publicar los nombres y la información personal de algunos de sus compinches que estaban atacando la web, implicando a algunos usuarios y haciendo prácticas extrañas y delictivas en Internet que colgaban en los foros del joven estadounidense. La discusión llegó a tal punto que Blair le dijo por privado a  Kivimaki: “te arrancaré la polla y te ahogaré con ella”.

El finlandés se defiende explicando que él nunca ha ido más allá de insultar a su enemigo en la red y que fueron otros de sus seguidores los que decidieron atacarle por su comportamiento, aunque reconoce que quizá fue él el que cortó la conexión telefónica y televisiva de la familia.

 

¿Y cuál era la posición de la familia respecto al comportamiento oculto de su hijo pequeño?

“Me preocupé bastante por el hecho de que todo esto empezase por algo que Blair supuestamente hizo”, explicaba Amy, la madre de la familia. “Pero tenía 15 años cuando todo esto empezó. No tenía ni idea de que echar a alguien de un chat y unos insultos por Internet pondrían en marcha el comportamiento esquizofrénico de una persona de Finlandia. No tenía forma de saberlo”.

Haya sido Kivimaki o alguno de sus amigos, las acciones de Blair derivaron en unas consecuencias que nadie podría haber previsto y mucho menos, un niño de 15 años con acceso a un ordenador.

 

La tragedia se consuma

Pero volvamos a Chicago, donde la situación se estaba poniendo cada vez peor.

Quizá el más famoso de los ataques sufridos por los Strater fuese el mensaje publicado por la cuenta oficial de Twitter de la empresa Tesla que ofrecía coches gratis a aquellos que acudiesen o llamasen a un número de teléfono (el de la casa de dicha familia), algo que recogieron medios como la NBC, que titulaba ‘el hackeo de Tesla tiene pone de objetivo a una familia de Illinois’. Los Strater recibieron llamadas incluso de Sudáfrica.

“El miércoles a las tres de la tarde no sabía qué fabricante era Tesla”, explica Paul (el padre). Sin embargo, Kivimaki declaró estar obsesionado con la empresa Tesla y consideraba que era “una extraordinaria compañía que ha hecho un trabajo muy innovador en el campo de protección al medio ambiente”.

 

El ataque a los Strater había ido mucho más allá del simple ‘troleo’. Prácticamente ya había acabado con la estabilidad (personal, social, laboral) de la familia.

Amy perdió su trabajo después de que sus cuentas de email y de redes sociales fuesen pirateadas y se publicasen en su nombre mensajes como “Hitler no hizo nada malo”, “algún día mataré a todos mis vecinos negros” o “que te jodan, negrata de mierda, porque gracias a ti mi familia está endeudada hasta el cuello”, dirigido a Barack Obama.

Ella trataba de cerrar la cuenta pero ésta se reabría automáticamente horas después.

Los más dañinos de esos mensajes vinculados a ella fueron unos que señalaban que “el sistema de salud de Ingalls es una puta mierda”.

Teniendo en cuenta que Ingalls era la red de hospitales donde trabajaba la madre, no resulta sorprendente que fuese despedida poco después.

Más víctimas: la hija pequeña

La pequeña de los Strater fue la siguiente víctima de los ataques.

De repente, en el instituto todo el mundo la miraba pero ella no sabía por qué.

Sin que tuviese constancia, habían aparecido por las redes imágenes (falsas, pero que daban el pego) de ella desnuda, en ropa interior y en poses eróticas. Recordemos que la niña tenía 13 años. Tras recibir toda clase de escarnios públicos y una llamada ante el director, la pequeña se negó a asistir al instituto el resto de la semana pero la cosa fue peor.

Al día siguiente su padre fue arrestado porque aparecía en imágenes sexuales abusando de la pequeña (la cual fue sometida a una exploración médica, dando como resultado que la versión de Internet era falsa) y, tras un juicio rápido, el padre quedó vigilado pero en libertad.

 

Sin vuelta a clases

Los hermanos Strater estuvieron varios días sin acudir a clase: el autobús escolar, sorprendentemente, no paraba en su calle.

El conductor alegó que el cambio de marchas automático y los frenos se quedaban bloqueados al entrar a la calle. El resto de padres lo achacaba a que la madre también había hecho de las suyas. Un día antes, los policías acudieron a casa después de que su madre (o alguien con la voz de su madre) llamase en directo a un programa de televisión local amenazando con llevar a cabo un tiroteo en el colegio.

Las casas de alrededor estaban ya a la venta. Nadie quería vivir junto a ellos.

 

Un estigma y unas secuelas terribles

Esa fue la gran consecuencia del acoso a los Strater: el estigma social que provocaron esa maraña de hechos terribles que ocurrían en su familia y que resultaba siempre tan difícil de explicar y de creer. A esas alturas, el matrimonio, además, se había roto.

Amy se fue a vivir a un apartamento a principios de 2016 con un nombre falso. Vivieron en una bancarrota continua pues ninguno de los dos encontró trabajo hasta 2019 y los niños quedaron a merced de servicios sociales tras perder la casa. “No nos queda nada”, explicaba la mujer a principios de este año en una entrevista a ‘The Daily Dot’. Pero, como estos señalan, y aunque estaban convencidos de que Kivimaki es la mente pensante detrás de los ataques, los auténticos villanos se encontraban muy cerca de ellos, incluso en la casa de al lado.

Tiempos y costumbres (terribles)

Uno esperaría que, de ser víctima de un ataque semejante, recibiría inmediatamente ayuda de las instituciones y de las fuerzas de seguridad. El caso de los Strater pone de manifiesto que es más bien al revés. No sólo no han recibido ningún auxilio, sino que la manera en que el sistema está planteado (y sus debilidades, fácilmente explotables con un poco de mala fe) es lo que los ha conducido a la situación en la que están.

Pensemos, por ejemplo, en las constantes visitas de la policía a su casa. ¿No hubiera sido mejor para todos que hiciesen caso omiso cada vez que recibiesen un aviso, después de que se haya demostrado que son falsos? Imposible, puesto que la policía de los Estados Unidos tiene orden de verificar todas y cada una de las alertas, lo que deriva en situaciones tan absurdas como tener que demostrar a los agentes que no están muertos.

No puedo conseguir un trabajo y mi matrimonio se acabó. No pasa ningún día sin que me pregunte si no sería más fácil si terminase con mi vida.

 

¿Cómo demostrar lo que no deja rastro?

Otro problema añadido es que, cuando te enfrentas a un enemigo así, es difícil poder trazar el origen de todos los hechos como para acusarle formalmente (recordemos que el expediente, a estas alturas, era gigantesco).

La sensación que toda la familia tiene a día de hoy es la de absoluta indefensión, incluso reconociendo los pecados de su hijo (actualmente, mayor de edad y fuera de todo ese mundo de Internet).

Por ejemplo, de aquí en adelante será mucho más complicado para Amy encontrar trabajo, puesto que una simple búsqueda de su nombre en Google permite a un seleccionador de personal descubrir que es objeto frecuente de ataques cibernéticos (un riesgo que muy pocos se verán dispuestos a correr pues ¿pondría en peligro la futura reputación de su empresa?).

La solución aparentemente más fácil sería contratar a una empresa especialista en ‘reputación online’: una alternativa muy cara para una familia expulsada de la sociedad. Una empresa que limpiaría, con su autorización, su nombre en redes sociales y les asesoraría para ayudar a la comunidad e ir limpiando su nombre.

Pero esa fue la gran trampa de la historia de los Strater. Que a pesar de ser víctimas demostradas, la sociedad los considera unos apestados: una extraña familia que atrae el caos y la violencia allá donde van. “No puedo conseguir un trabajo y mi matrimonio se acabó. No pasa ningún día sin que me pregunte si no sería más fácil si terminase con mi vida”, confesaba Amy en medios de comunicación.

 

 

¿Dónde está la ley cuando se la necesita? es la pregunta más obvia que se hace cualquiera que conozca la historia.

 

 

Paul, por su parte, añade que le podría haber pasado a cualquiera.

 

Un final ¿feliz?

A finales de 2019, Kivimaki, de 29 años fue detenido en su país por pertenencia a banda criminal de cyberdelincuencia. Un grupo de sus “lacayos” afirmaron confundir una serie de instrucciones y acabaron provocando un accidente en Helsinki que implicó a catorce coches y cinco muertos.

Algunos discos duros, a pesar de estar destruidos, han sido parcialmente restaurados y contienen material que demuestran algunos hechos del caso Strater. No obstante queda mucho por encontrar entre el material incautado. Kivimaki cumple condena actualmente y la familia Strater solicitó la reapertura del caso en febrero de 2020. Aún no hay nada. Pero, ¿volverá todo a ser como antes? ¿qué poder tienen los cyberdelincuentes? ¿son dioses del crimen? ¿a qué punto hemos llegado como sociedad?. La mayoría de esas preguntas quedarán sin respuesta.

Esperemos que algo de justicia quede en el universo.

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