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Cien años sin Galdós

Cien años sin Galdós

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Como dicen, el tiempo lo borra todo, esto, es también aplicable al arte y a la cultura. Son incontables los autores y las obras que se han desvanecido para el público con el paso de los años.

El autor del que hablaré hoy no ha sufrido este fenómeno, sigue vigente, pero puede que muchas personas tan solo conozcan su nombre por coincidir con el de una calle en Alhaurín de la Torre, una plaza en Santa Cruz de Tenerife o una librería en Madrid entre otras cosas. Hoy hablaré de Benito Pérez Galdós (1843-1920), en el presente año tiene lugar el centenario de su muerte ¿Qué mejor momento para recordarlo y hablar de él?

Casi con total seguridad, todos podremos dar datos sobre Cervantes, como mínimo, podremos hablar sobre su obra más conocida, pero Galdós, pese a no tener el mismo reconocimiento ni hueco en la memoria de la población, es junto al autor de las Novelas ejemplares, uno de los escritores más importantes de la lengua española.

Este literato canario, nacido de una familia de clase media ejerce y pasa a la historia como novelista, cronista, dramaturgo y político. No tenía ni veinte años cuando se traslada a Madrid para estudiar derecho, pero no tarda mucho en abandonar este camino y comienza a dedicarse al periodismo. Precisamente, uno de los motivos por los que Galdós destaca es por convertirse en un escritor híbrido entre la novela y el periodismo. Ahonda en un estilo propio de ficción histórica que tiene como resultado una larga lista de novelas de enorme precisión histórica. Quizá sus personajes no sean reales, ni sus tramas concretas, pero si lo es la España que muestra a través de sus escritos. Estudiar historia, a menudo, resulta frío, distante y lejano, la persecución de la necesaria objetividad produce que no terminemos de sumergimos en el pasado. El de Valsequillo de Gran Canaria nos muestra la historia desde dentro, no siempre real quizá, pero verídica, verosímil, personal, creíble y perfectamente posible. Novelas como Miau nos hacen vivir la realidad del momento desde un caso concreto y tópico de la época. Novelas como las de Torquemada nos ejemplifican cómo el colectivo burgués usurero alcanza mayor poder en una sociedad en la que la nobleza está en declive. Todo ello desde historias humanas perfectamente narradas.

Su primera novela, La Fontana de Oro (1870), se convierte rápidamente en un éxito. Tras ella, escribe 45 novelas más que tratan sucesos de la historia de España desde el combate de Trafalgar (1805) hasta la restauración de los Borbones (1874). Este ciclo literario se agrupa bajo el nombre de Episodios nacionales. En la década de los 80 y los 90 escribe una serie de novelas agrupadas bajo el nombre de Novelas españolas contemporáneas, entre ellas, una de sus obras más conocidas: Fortunata y Jacinta. En un principio, Galdós mostró una postura más crítica sobre el poder del clero y la idiosincrasia nacional, pero después, mostró mayor transigencia en este respecto.

En sus últimos años de vida su tiempo se repartía entre el teatro y la política. Marcaron estos años un progresivo endeudamiento y problemas de salud como la pérdida de visión. Fue elegido representante en las Cortes de 1907, siendo parte de las fuerzas políticas republicanas, pero la política parecía cansarle en demasía y dedicó sus últimas energías a la novela y al teatro. En enero de 1919, se erigió una escultura en su honor en el parque del Retiro de Madrid. Ciego y enfermo, Galdós lloró emocionado al palpar la obra. Un año después, Benito Pérez Galdós murió en su casa de Madrid, ciego, arruinado y sin poder leer ni escribir.

Escribo estas palabras en plena crisis mundial a causa del COVID-19, son sin duda, meses de excepción e incertidumbre en nuestras vidas. Me resulta inevitable imaginar, que, si el célebre autor que nos atañe viviera, haría una gran observación e interpretación de nuestra actualidad. Quizá su legado no se limite solo a la enorme cantidad de escritos que nos dejó, quizá podamos nutrirnos y tomar ejemplo de su capacidad de análisis, investigación y conciencia del contexto. Quizá la mejor forma de acercarnos a él no sea necesariamente leer, sino escribir.

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Descastado 'No puedo detenerme, perdonad, tengo prisa, soy un río de fuerza, si me detengo, moriré ahogado en mi propio remanso'